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Secreto de confesión


El tiempo espera en el borde de la carretera

con las manos en los bolsillos

y un esqueleto bajo el brazo.

(«Arzúa: nevada del 87», Manuel Rivas)

 

En el cielo asomaba una inquietante nube rojiza. Los ejércitos de polvo y polución se acercaban temerosos, como el avance del verdugo.

Era una mañana cualquiera en el lúgubre danzar de los tiempos, ante los ojos de Manuel, carpintero de San Blas.

Siguiendo su estela, los fantasmas de la noche huían a cobijarse ya del sol que anunciaba su llegada, para convertirse entonces en las invisibles sombras que, poblando aceras y pasillos, caían pesadas sobre los abrigos de los hombres. Quiero compartir contigo un secreto, ahora que nadie nos escucha: nadie sabe como yo que esas sombras, que durante el día caen silenciosas como el yugo sobre los bueyes, sobre la conciencia vacía de los bueyes, quiero decir, porque ellos nunca lo saben, ni se preguntan por qué; tan sólo obedecen para evitar el látigo…

Quiero contarte que estas sombras que he visto yo atarse a los pies de los hombres como una cadena de presidiario, abriendo grietas invisibles entre los hombres, bajando sus cabezas como cae la cerviz del buey bajo el peso inexorable del acero, son los fantasmas que en la noche vuelan libres sobre el país invisible que habitamos todos.

Y que su existencia nocturna está severamente condicionada a que ante los ojos del Sol no pueda el hombre separarse ni un instante de su elástico lazo negro.

Esa sombra que se dibuja ahora,

tiritando bajo las letras,

jugando a sobrevivir en el cono de su eclipse,

atrapada en el humo de un cigarrillo.

 

***

 

El día aún no había roto su cascarón vergonzoso de soledad y frío, y las avenidas comenzaban a notar el peso de los automóviles trotando a lomos de sus arterias de asfalto, envenenados por el sueño y la rutina. Manuel contemplaba otro amanecer desde el autobús que le acercaba a la fábrica de maderas. Arcos del Jalón, Avenida de Guadalajara y García Noblejas era el recorrido de la línea cuatro, hasta que aparecía como un vergel de náufragos el rótulo «carpintería de interior; muebles a medida».

Abría la chirriante puerta del taller antes de que saliera el sol. Así desde hace diecisiete años, cuando le pusieron su primer mote, «Pinocho». No sólo por ser el benjamín, sino porque por momentos se volvía de madera. Su tez barnizada y sus amplias cejas oscuras coloreaban su nariz aguileña y su marcado mentón. Y es que podía permanecer minutos ensimismado, de piedra o, exactamente, de madera. Una madera obsoleta como el bronce de las estatuas. Así estaba, de pie en el pasillo del bus, con los ojos difuminados en las orillas de la avenida.

En la fábrica pasaba las horas mimando y restaurando trozos de madera, narcotizado por el fuerte olor a pino. Cada tablón, un alma distinta escupiendo virutas de melancolía.

Hay veces, como anoche, en que las horas de trabajo se alargan y el tiempo esculpe figuras más allá de los minutos. Entonces Manuel se queda hasta bien entrada la noche, vigilado por los mil ojos de Argos.

Esto sí que no te lo vas a creer, pero te diré que en esas noches he tenido delante a uno de ellos. Los primeros días no le daba importancia, ya sabes que la madera cruje de angustia cuando siente que el silencio se ha tragado todos los ruidos. Lanza su grito desesperado al aire, y ése aullido también se aleja, como las horas que se van, al compás, entre mis dedos como un puñado de agua. Yo al principio no me paraba a pensar. Hasta que un día le vi, corriendo detrás de los tablones, gordito y torpe con su sucio saco negro, guiñándome los ojos con su sonrisa macabra. Si le vieras las pupilas, tan terroríficas e insensibles que no miran. Alguna vez tropezaba con las tablas cuando me veía, asustado, y el saco se le abría y yo veía esparcirse ilusiones por el suelo, desvaneciéndose en el aire en un instante. El fantasma del miedo.

 

***

 

Cada día, cuando el reloj daba las dos y cuarto, casi toda la plantilla de la fábrica se acercaba al «Rincón de Valerio», el bar donde un andaluz corpulento, con aspecto de bandolero y con las arrugas de la tierra marcadas en su rostro, animaba los aguardientes y el vino. En las paredes del café, montones de fotos y banderines del fútbol local, emblemas taurinos, estampas de la virgen, incluso pegatinas de los sindicatos adornaban el refugio.

La atmósfera del café era tan agradable que resultaba idónea para los obreros del polígono. Allí descansaban hasta los fantasmas, como el temible fantasma del desempleo, que en aquellos instantes aprovechaba para calentarse las manos a la lumbre del calor humano.

Pero no era ése el camino que seguía Manuel. Él continuaba la calle y atravesaba con su pausado caminar un jardín salvaje. A esa hora correteaban unos niños, ante la tierna mirada de un mendigo, ya entrado en edad, recostado sobre una enorme valla sobre la que se anunciaban, luminosas y radiantes, unas empresas inmobiliarias. Entre varias casitas deshabitadas, aparecía un pequeño almacén de curtidos, el diminuto barracón donde trabajaba Ángel, su amistad más antigua.

Aquel habitáculo era, sin duda, una máquina del tiempo, cosa que atraía aún más el interés bohemio de Manuel. Varias troqueladoras esparcidas por la mesa, una costurera «singer» y todo tipo de suelas, tacones y plantillas colocadas en los estantes de pino que le puso él mismo un verano. Los únicos clientes que le visitaban con regularidad eran un pequeño grupo de zapateros de la ciudad, en busca de materiales, o quién sabe si de algún jirón de piel utilizable. También contaba con las visitas del puñado de señoras que mantenían vivo el barrio, con el extraño apego al arte viejo de arreglar los zapatos en vez de usar y tirar.

Ángel y Manuel gozaban de aquel espacio olvidado del progreso para mantener profundas conversaciones, en el refugio donde (y de esto Ángel era cada vez más consciente) jamás osó presentarse el fantasma de la soledad. Ambos guardaban en sus memorias un saco lleno de secretos valiosos, traídos del trabajo humilde, del sacrificio humano. Sus vidas eran el fiel reflejo de la derrota del artesano. En la ciudad ya no quedaba sitio para ellos, así que huían a cobijarse en la madriguera de Ángel. Éste, un anacoreta de fin de siglo, cumplía diariamente la penitencia de su oficio. «¡Y quién se va a quedar con esto, Manuel!» repetía sin cesar el hijo de Sísifo. El carpintero le consolaba, como un compañero de condena, hablándole de los ojos del tren de la modernidad, que no pueden ver hacia los lados ni detrás, y pasan veloces sobre las hojas secas.

Mientras los dos mantenían acaloradas charlas, fuera el invierno había hecho acto de presencia. Violento y sin avisar, como siempre. Podía caer una noche fría y llorona, pataleando como un bebé rabioso, y a la noche siguiente oscurecer con el bebé dormido en el regazo del tiempo.

Ayer hizo un frío insoportable todo el día, tanto que Manuel llegó al almacén de Ángel rígido y sin voz, con la nariz quemada y el rostro inmóvil. Cuando la tarde cayó con la intención de templarse, una helada brutal obligó a emigrar a las últimas aves y cercenó los brotes del jardín salvaje.

«El mundo se hace viejo», pensaba Manuel contemplando entre sombras las canas de los árboles desde el autobús. Mientras tanto, entre el taller de chapa y pintura y la cristalería «Aykal» se agolpaban los trabajadores del polígono en torno a una imagen: encontraron el cuerpo congelado del viejo mendigo que merodeaba por el barrio. Semienterrado entre la escarcha, sentado sobre el cartón como esperando el último golpe. Su corazón helado en el corazón del polígono le impidió continuar su peregrinaje. Ni siquiera podía sentir el vals que los silbidos del viento le susurraban al oído.

Enfrente de él, el madrugador Ángel llevaba minutos reflejado en su rostro, con un nudo en la garganta.

Ansiaba gritar, y que su estruendo retumbara en cada rincón. Recordó aquello de que uno, cuando está en el lecho de muerte, corre a pedir perdón a sus allegados. Se acercó entonces al solitario indigente a decirle: «lo siento, buen hombre, te hemos fallado como seres humanos».

Tras él, un rayo atravesó el pecho de todos cuando un brazo anónimo entre la masa puso a sus pies las últimas flores silvestres del jardín.

Fue entonces cuando Ángel se acordó de su amigo el carpintero. Manuel le habló, hace tiempo, de un enigma de ebanistas: la sección áurea, el número secreto que guarda la proporción entre los segmentos.

La medida, también, de una tumba honorable.

Lo peor de todo es que sobre la sombra del muerto reposan en silencio los secretos bien guardados. Ángel dio un suspiro, y antes de dar media vuelta para encaminarse a su almacén, echó una mirada al cielo, dejando atrás su inmovilismo. Y pudo ver cómo en la mañana rompía una inquietante nube rojiza, y los ejércitos de polvo y polución se acercaban temerosos, como el avance del verdugo.

(Nota: para construir este cuento tomé como motivos poéticos varios versos de distintos poemas de Manuel Rivas, en especial el maravilloso A sección áurea, y también Arzúa, nevada do 87. Ambos recogidos en la compilación “O pobo da noite”.)

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En un milagro de calma clara y, a la vez, oscura, un eritrocito piensa: “quizá solo sirva para llevar oxígeno a la célula”. Y la célula: “alumbro la vida, pero mi aventura terminará a escondidas”. La partícula de oxígeno medita: “sin mí, la vida no es; y, sin embargo, a mí nadie me ve”. Y filosofa la gota de sangre, mientras sale del dedo: “sin mi movimiento, el oxígeno se pierde”. El dedo razona: “me gustaría ser yo, pero yo no tengo sentido sin la mano”. Y la mano se sintió nada sin el brazo. El brazo no supo desprenderse del cuerpo para sentirse dueño de sí. El cuerpo, buscando su sitio, respiraba un cariñoso aire y sentía un fluir agitado por dentro. Una ola de mar los acarició a todos con cierta nostalgia, sabiendo que se desvanecería sin remedio entre las olas. Un viento herido la trajo, sin una cierta forma, pero con la ternura de un batir de alas. Ese aleteo prendió un tallo seco que tomaba el sol renegando de la hojarasca, y la llama, antes de poder mirarse, se sintió pequeña ante el fuego. Un elegante rayo de luz se convirtió casi sin darse cuenta en muchas luces. El frío, posado en su tristeza de mudanzas, languideció fugazmente.

Y el fuego, sin pensar nada en concreto, los abrazó a todos en un fundir de memorias.



 A Enkarni, pan nuestro de cada día

Pan, en griego, significa “todo”. En la mitología griega, Pan era el semidiós de los pastores y los rebaños. También era el dios de la fertilidad y de la sexualidad masculina. Y de las brisas del amanecer y del atardecer. Vivía en compañía de ninfas, y formaba parte del cortejo de Dioniso. Cazador, curandero y músico, representaba a toda la naturaleza salvaje. Y por ello, también, se le atribuía la generación del miedo enloquecedor: el “pánico”, que no era sino el temor masivo que sufrían manadas y rebaños bajo las tormentas.

Pan. A veces el lenguaje, que todo lo nombra, parece guardarlo todo, como un misterioso Aleph. O un alma escondida en una barra de pan, como en el cuento de Manuel Rivas. Porque los latinos llamaron “panis” al alimento con tintes místicos que durante milenios ha sido la base de nuestra alimentación. Etimologistas afirman que no tiene nada que ver con el “pan” griego, sino con una voz indoeuropea relacionada con el pasto, que significaba “comer” y “proteger”, y que también dio lugar al término “panal”, aquel mágico tablero surcado de vida por todas sus celdillas.

“Recordar” viene de “re-cordare”, que en latín vendría a decir “volver a pasar por el corazón”. “Emoción” tiene que ver con “movimiento”, el impulso que mueve a la acción.

A veces el lenguaje, solo por el hecho de nombrar y recordar los pasos del ser humano por la tierra, me conmueve.

La palabra “compañero” viene del latín, de una conjunción que literalmente quiere decir “compartir el mismo pan”. La lengua es un código secreto que nos permite mantener las palabras vivas de civilizaciones perdidas. Aunque en estos tiempos de desmemoria en los que olvidamos a alta velocidad (¿quién sabe lo que simbolizó el pan negro, aquí mismo, hace unos pocos años?), no pongamos el amor suficiente para saber cómo llegaron hasta nosotros y cuál ha sido su lento viaje.

El idioma, también, es un baúl invisible que la vida de cada uno se encarga de llenar de sueños, recuerdos y utopías. Como en este texto de Galeano, maestro en el arte de llenar de memoria y sentido las palabras:

Celebración de la amistad

En los suburbios de La Habana, llaman al amigo “mi tierra” o “mi sangre”.

En Caracas, el amigo es “mi pana” o “mi llave”: pana, por panadería, la fuente del buen pan para las hambres del alma; y llave por…

—Llave, por llave —me dice Mario Benedetti.

Y me cuenta que cuando vivía en Buenos Aires, en los tiempos del terror, él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves, de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron.

(Fuentes: Wikipedia, y El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.

Referencias: “La barra de pan”, cuento incluido en el libro “Ella, maldita alma”, de Manuel Rivas, y “El Aleph”, cuento de Jorge Luis Borges.

Foto: Apatxe lanzándose a un pan de Ecoopan)

El abrazo inútil


Burabí… Kalvain… Goribun… Kolo… Kúlebong…

Con esos nombres me llamaron los aborígenes de mil dialectos que poblaron estas tierras, hace ya muchos siglos.

—¡Koala! —gritó el niño blanco. Y su grito me sorprendió dormido en la noche de los tiempos. Yo estaba inmóvil en lo alto de la rama de un eucalipto desnudo.

Todo estaba gris otra vez, abrasado por una nube de humo… No podía ver nada y, sin embargo, identifiqué ese grito perfectamente, porque mi instinto había aprendido que esa no era la misma voz que la de los aborígenes.

Nos persiguieron durante milenios para convertirnos en su abrigo y su alimento. Fueron nuestro mayor peligro, más que los dingos, las serpientes pitón y las águilas… Pero un día conectaron con la belleza, y la naturaleza les regaló una leyenda, según la cual el koala formaba parte de la creación del Tiempo de los Sueños. Aquel cuento explicaba nuestra armonía con el bosque, en el que vivimos abrazados siempre a sus árboles. Sin árboles, no hay koalas, porque ni el suelo ni el agua son para nosotros.

El koala fue considerado un tótem, y, desde entonces, nadie podía matarlo.

La llegada del hombre blanco acabó con esa armonía… Desde el primer día, se obsesionaron con vender nuestras pieles por todo el mundo. Atravesaron los territorios de mis hermanos con carreteras y cemento, talando sin descanso los eucaliptos en los que vivíamos. Morimos a miles, atropellados por sus automóviles. El bosque fue invadido por las plagas de turistas, y pasó a ser un desierto de urbanizaciones y ruido humano.

—¡Koala! —gritó el niño. Y un bombero me ha bajado del árbol con cuidado. Me abraza, aunque su abrazo ya no me sirve, porque yo necesito al eucalipto, y el eucalipto ha quedado calcinado por otro incendio. Me habla con cariño, aún no comprende que ya es tarde. Me da de beber de un biberón que ha preparado él mismo, mientras me susurra que esté tranquilo. Yo ya no puedo verle, porque el fuego ha cegado mis ojos. Tampoco alcanzo a percibir a mi madre, ni a los árboles donde ella vivía.

Y apagándome lentamente, voy regresando al Tiempo de los Sueños, aquella leyenda oral que hablaba de unos animales perezosos que vivían en armonía con el bosque milenario de eucaliptos. Burabí, kalvain, goribun, kolo, kúlebong… Koala.

(cuento con el que participé en un evento del Año Internacional de los Bosques y por la diversidad biológica, en la primavera de 2011)


El 28 de julio de 1999, dos niños guineanos, Yaguine Koita y Fodé Tounkara, de 14 y 15 años, decidieron subirse al tren de aterrizaje de un avión comercial que se dirigía a Bruselas. Su objetivo era llegar al suelo europeo (al sueño europeo) e, intuyendo las bajísimas temperaturas con las que se iban a topar, se forraron de abrigos. El 2 de agosto serían descubiertos sus cuerpos congelados, sin vida, después de una travesía en la que estuvieron a -40º C. Murieron abrazados, tratando de sobrevivir al frío. Y cuando los separaron, fueron apareciendo objetos: certificados de nacimiento y también de la escuela, fotos de ambos…, y una carta. Una carta que portaban entre sus pechos, escrita en un imperfecto francés. Una declaración de amor a Europa, que también era una llamada de socorro para que los europeos, que arman y enfrentan a los africanos por el control de sus materias primas, se implicaran en poner fin a las guerras que devastan el continente africano y condenan a sus niños al abismo diario.

Tras once años sin Koita ni Tounkara, ni tantos otros millones más, muertos de hambre o muertos de bala en la noche de los niños soldados, los dirigentes europeos demostraron haber hecho caso omiso de sus súplicas. Alba Rico explicó certero que el Occidente opulento los recompensó como sabe hacerlo: dándoles un minuto de publicidad en sus medios de comunicación de masas. Pero esa carta que, como escribió Manuel Rivas, era un manuscrito en la era de las telecomunicaciones, envuelto en piel humana y entregado en mano en destino, sigue siendo el más estremecedor espejo del mundo, demostrándonos cada día que la tragedia tiene rostro humano, y que ante la cobardía del conforme Primer Mundo hay infinitos héroes cotidianos, Odiseos modernos que, sin nada que perder, se dejan la vida en el camino. Filípides que llegan a la frontera para anunciar, por si algún despistado aún no lo sabe, la derrota de África.

La carta decía así:
“Conakry, 21 juillet 1999.
Excellences, Messieurs les membres et responsables d’Europe,
Nous avons l’honorable plaisir et la grande confiance de vous écrire cette lettre pour vous parler de l’objectif de notre voyage et de la souffrance de nous, les enfants et jeunes d’Afrique.
Mais tout d’abord, nous vous présentons les salutations les plus délicieuses, adorables et respectées dans la vie. A cet effet, soyez notre appui et notre aide. Vous êtes pour nous, en Afrique, ceux à qui il faut demander au secours. Nous vous en supplions, pour l’amour de votre continent, pour le sentiment que vous avez envers votre peuple et surtout pour l’affinité et l’amour que vous avez pour vos enfants que vous aimez pour la vie. En plus, pour l’amour et la timidité de notre créateur Dieu le tout-puissant qui vous a donné toutes les bonnes expériences, richesses et pouvoirs de bien construire et bien organiser votre continent à devenir le plus beau et admirable parmi les autres.
Messieurs les membres et responsables d’Europe, c’est de votre solidarité et votre gentillesse que nous vous crions au secours en Afrique. Aidez-nous, nous souffrons énormément en Afrique, nous avons des problèmes et quelques manques au niveau des droits de l’enfant.
Au niveau des problèmes, nous avons la guerre, la maladie, le manque de nourriture, etc. Quant aux droits de l’enfant, c’est en Afrique, et surtout en Guinée nous avons trop d’écoles mais un grand manque d’éducation et d’enseignement. Sauf dans les écoles privées où l’on peut avoir une bonne éducation et un bon enseignement, mais il faut une forte somme d’argent. Or, nos parents sont pauvres et il leur faut nous nourrir. Ensuite, nous n’avons pas non plus d’écoles sportives où nous pourrions pratiquer le football, le basket ou le tennis.
C’est pourquoi, nous, les enfants et jeunes Africains, vous demandons de faire une grande organisation efficace pour l’Afrique pour nous permettre de progresser.
Donc, si vous voyez que nous nous sacrifions et exposons notre vie, c’est parce qu’on souffre trop en Afrique et qu’on a besoin de vous pour lutter contre la pauvreté et pour mettre fin à la guerre en Afrique. Néanmoins, nous voulons étudier, et nous vous demandons de nous aider à étudier pour être comme vous en Afrique.
Enfin, nous vous supplions de nous excuser très très fort d’oser vous écrire cette lettre en tant que Vous, les grands personnages à qui nous devons beaucoup de respect. Et n’oubliez pas que c’est à vous que nous devons nous plaindre de la faiblesse de notre force en Afrique.
Ecrit par deux enfants guinéens, Yaguine Koita et Fodé Tounkara”.

Traducción al castellano:
“Conakry. 21 de julio de 1999.
Excelencias, Señores miembros y responsables de Europa. Tenemos el honorable placer y la gran confianza de escribirles esta carta para hablarles del objetivo de nuestro viaje y del sufrimiento que padecemos los niños y los jóvenes de África.
Pero, ante todo, les presentamos nuestros saludos más deliciosos, adorables y respetuosos con la vida. Con este fin, sean ustedes nuestro apoyo y nuestra ayuda. Son ustedes para nosotros, en África, las personas a las que hay que pedir socorro. Les suplicamos, por el amor de su continente, por el sentimiento que tienen ustedes hacia nuestro pueblo y, sobre todo, por la afinidad y el amor que tienen ustedes por sus hijos a los que aman para toda la vida. Además, por el amor y la timidez de su creador, Dios todopoderoso, que les ha dado todas las buenas experiencias, riquezas y poderes para construir y organizar bien su continente para ser el más bello y admirable entre todos.
Señores miembros y responsables de Europa, es a su solidaridad y a su bondad a las que gritamos por el socorro de África. Ayúdennos, sufrimos enormemente en África, tenemos problemas y carencias en el plano de los derechos del niño.
Entre los problemas, tenemos la guerra, la enfermedad, la falta de alimentos. En cuanto a los derechos del niño, en África, y sobre todo en Guinea, tenemos demasiadas escuelas, pero una gran carencia de educación y de enseñanza: salvo en los colegios privados, donde se pueden tener una buena educación y una buena enseñanza, pero hace falta una fuerte suma de dinero. Ahora bien, nuestros padres son pobres y necesitan alimentarnos. Además, tampoco tenemos centros deportivos donde podríamos practicar el fútbol, el baloncesto o el tenis.
Por eso nosotros, los niños y jóvenes africanos, les pedimos hagan una gran organización eficaz para África, para permitirnos progresar.
Por tanto, si ustedes ven que nos sacrificamos y exponemos nuestra vida, es porque se sufre demasiado en África. Sin embargo, queremos estudiar, y les pedimos que nos ayuden a estudiar para ser como ustedes en África.
En fin, les suplicamos muy, muy fuertemente, que nos excusen por atrevernos a escribirles esta carta a ustedes, los grandes personajes a quien debemos mucho respeto. Y no olviden que es a ustedes a quienes debemos quejarnos de la debilidad de nuestra fuerza en África. Escrito por dos niños guineanos. Yaguine Koita y Fodé Tounkara”.


Hoy quiero jugar a vestirme con colores
y recorrer el mundo cerrando los ojos
en una visita imaginaria
para sentir el paisaje humano en el que habito…

Rojo, azul, blanco,
verde, negro, amarillo
mezclados en aparente desorden,
cobran sentido según donde ponga los pies.

Verde, blanco, rojo…
Soy una bandera mexicana
en un municipio autónomo de San Cristóbal de las Casas.
Azul, amarillo, naranja…
un arco iris indígena rodeado de blanca abundancia en Santa Cruz.

Soy una bandera chechena en el metro de Moscú,
la Confederada a orillas del Misisipi,
una tela palestina en un autobús callejeando Tel Aviv,
la tricolor rusa en Grozni,
la bandera roja en Nepal huyendo de los gases lacrimógenos,
una estrella de David sobre los escombros de Ramallah.
la luna turca sobre el color de la sangre en Dahuk.

Una bandera bolivariana en Sucre,
la rojigualda en la Plaza del Mercado de Gernika.
el águila albanesa por los cielos de Belgrado
una ikurriña en la madrileña plaza de Colón,
la budista en Rangún,
una cruz británica en Belfast
o un verde trébol sobre las aceras de Downing Street.

Una estreleira, a mar abierto, en el Finisterre que los vio marchar,
una yanki entre las ruinas de Bagdad, o en una cueva del desierto.
Una bandera kurda en Ankara,
la esvástica en una sinagoga en Varsovia,
la soviética sobre el Reichstag,
Una bandera boliviana en Chapare
o la venezolana en una barriada de Caracas.

Las letras FSLN, FMLN, CNT y FAI
sobre un fondo bicolor negro y rojo
entre retales cosidos a mano
por campesinos en entornos rurales
de Nicaragua, El Salvador o Andalucía.

Una bandera negra hermanando a personas presas
en cualquier cárcel de cualquier Estado.

La bandera del Polisario en Casablanca
o la estrella de Marruecos en los campos de Tinduf.
La bandera azul de la UE tratando de domar a Lukánikos,
una bandera yugoslava en Kosovo.

Una bandera republicana
ondeando en lo más alto de la cruz
en el Valle de los Caídos.

Por qué no, también la bandera de YPF
sobre los yacimientos minerales
celebrando el expolio en la Patagonia,
las de BP o Shell, en Nigeria,
la de los USA plantada en la paz lunar
o la de Endesa en la tierra quemada de los mapuches.

O la bandera de Caja Madrid o de La Caixa
apropiándose de los espacios culturales en cada ciudad
aunque el capital no entienda de banderas.

Porque a veces,
las banderas
son algo más que trapos de colores.

…………………

Y de regalo, este precioso poema de Manuel Rivas.  Escuchadlo aquí leído por el autor:  Red rose, sad rose, proud rose (Manuel Rivas)

Red rose, sad rose, proud rose

Coñecín alguns homes que levaron a bandeira vermelha
cando era pecado e fermosa
como baga de acevro.

Eu mesmo tiven unha nas mans,
unha bandeira vermella,
cando era pecado e fermosa
como o bico dunha cegoña.

Oín dicir que hai homes en Calcuta e Soweto
que aínda levan bandeiras vermellas,
fermosas como camelias entre os dentes.

Pero eu hoxe non quería falarvos
da orgullosa, vermella e triste bandeira
que quentou as mans dos que estaban debaixo,
pecado e fermosa como lapa do carbón.

Só queria falar
da baga do acevro,
do bico da cegoña,
da camelia entre os dentes,
da lapa do carbón,
e da orgullosa, vermella e triste rosa de Yeats.

(Conocí a algunos hombres / que llevaron la bandera roja / cuando era pecado y hermosa / como baya de acebo./ Yo mismo tuve una entre las manos / una bandera roja / cuando era pecado y hermosa / como el pico de una cigüeña./ Oí decir que hay hombres en Calcuta y Soweto / que todavía llevan banderas rojas / hermosas como camelias entre los dientes. Pero yo, hoy, no quería hablaros / de la orgullosa, roja y triste bandera / que calentó las manos de los que estaban debajo, / pecado y hermosa como lapa de carbón. / Sólo quería hablar / de la baya de acebo / del pico de la cigüeña / de la camelia entre los dientes / de la lapa del carbón, / y de la orgullosa, roja y triste rosa de Yeats.)


Otras mujeres me habían contado historias parecidas, pero en esta ocasión, en lugar de escuchar lo mismo, oí la mismidad, y la mismidad debe de dar mucho vértigo, porque me sentí mareado y tuve que salir. Volví a San Bernardo, alcancé la Gran Vía y desde allí subí a Callao. Por el camino había de todo lo que uno se puede imaginar, pero yo, en lugar de verlo todo, veía la totalidad, de manera que cuando llegué a la plaza, aunque ya era de noche, me detuve para contemplar desde allí la capital, y en lugar de eso, vi el capitalismo. Entonces miré a los transeúntes en busca de un poco de ánimo, pero comprobé que solo transmitían animosidad.

(Juan José Millás, “La identidad de las lentejas”)

La Gran Vía madrileña cumple 100 años… Podemos asistir estos meses, día y noche, a los eventos que con gran fausto la propaganda política de la capital (que curiosamente son también los propagandistas del capital) han organizado para conmemorar esta fecha.

Como el capitalismo acostumbra en sus celebraciones, todo queda en un espectáculo de luces y sonido, con la presencia de las relucientes joyas de la Corona y las del parlamento; las de la industria de la desinformación y las del entretenimiento; todos juntos y emborrachados con una verborrea autocomplaciente; en una inversión tan enorme como improductiva para decorar el escaparate principal de la ciudad.

Pero no es en eso en lo que me gustaría detenerme en estos cien años de la que durante casi la mitad de su existencia se llamó Avenida de José Antonio Primo de Rivera. Sino en lo que siempre esconde este juego macabro de la información en que cada vez somos más los que no salimos en la noticia.

La Gran Vía ha sido siempre refugio y esperanza para la pobreza callejera de Madrid. La cuesta desde Alcalá a Plaza de España ha acunado desde que mis ojos la pasearon por vez primera a las llamadas desesperadas de indigentes, lisiados y mutilados, ancianos inmensamente pobres o enfermos… Las calles aledañas acogieron, desde la noche en que Madrid se creó a sí misma, la sonrisa furtiva de las prostitutas en Montera o en los sucios restaurantes de la calle de las Tres Cruces, del brazo de un anciano. Mujeres con sus manchas de carmín y de tabaco, y sus arrugas arraigadas en la miseria al otro lado de la avenida… La muerte desangrada en el pico de una jeringuilla en la plaza de la Luna, la extravagancia de las transexuales y de los hombres a la puerta de los clubes de la calle Ballesta ofreciendo “un chocho caliente”, la mirada fulminante del chulo a su alrededor, el dinero precario y sucio que viaja desde siempre por las arterias del deseo en la vieja ciudad, presa de la sociedad de la incomunicación y el desafecto…

A uno y otro lado de esta ría de alquitrán se han ido instalando en este siglo montoneras de chabolas y de edificaciones del inframundo, que acogieron a la pobreza local que retrató Pío Baroja en sus cuentos. Personajes que fueron mutando a finales del siglo pasado, ya en la sociedad global, hacia esa miseria que vino del Este de Europa cuando el dólar derribó el muro de Berlín. De madrugada, la Gran Vía queda tomada por las vendedoras ambulantes chinas y pakistaníes, que el paso del estalinismo al libre mercado vomitó de sus países arrollados de origen a la periferia invisible de las urbes desarrolladas.

Nada cuenta en estos fastos institucionales, patrocinados por poderes públicos, bancos y la industria telefónica, la memoria de las manifestaciones obreras y estudiantiles. Tampoco que, durante los trabajos para la defensa de Madrid frente al ejército fascista en 1936, se rebautizara como Avenida de la Unión Soviética y fuera surcada de trincheras y esperanzas. Para la historia parece quedar sólo el Chicote de Ava Gardner y Hemingway, en sus variadas representaciones a lo largo de la calle.

Si la Gran Vía quisiera tener dueño, quizás dejaría que fuera quien ha dormido en su vientre nocturno, quien ha amanecido entre sus orines y su vacío poeta, quien ha arraigado su dolor antiguo entre sus granos de sal pisoteada, quien ha gritado desde sus galerías oscuras como almas perdidas, quien la ha regado de lágrimas y de sangre, de semen y alcohol barato…

Una vez más, su moral y la nuestra: la historia de dos culturas antagónicas. En el escaparate de este Macondo actual, los carteles, los anuncios y las luces llevan al guiri de la mano, escondiéndole de la calle del Desengaño, para descubrirle la ilusión de Broadway como quien viaja dentro de la ruleta de una máquina tragaperras. Perdiéndose la esencia humana del bar, el espacio que refugia el humo, los ruidos, la falta de higiene, y también los abrazos, la lucha por sobrevivir… ese corazón que da sentido a todo, a pesar de las máquinas y los trucos del prestidigitador.