El tiempo espera en el borde de la carretera
con las manos en los bolsillos
y un esqueleto bajo el brazo.
(«Arzúa: nevada del 87», Manuel Rivas)
En el cielo asomaba una inquietante nube rojiza. Los ejércitos de polvo y polución se acercaban temerosos, como el avance del verdugo.
Era una mañana cualquiera en el lúgubre danzar de los tiempos, ante los ojos de Manuel, carpintero de San Blas.
Siguiendo su estela, los fantasmas de la noche huían a cobijarse ya del sol que anunciaba su llegada, para convertirse entonces en las invisibles sombras que, poblando aceras y pasillos, caían pesadas sobre los abrigos de los hombres. Quiero compartir contigo un secreto, ahora que nadie nos escucha: nadie sabe como yo que esas sombras, que durante el día caen silenciosas como el yugo sobre los bueyes, sobre la conciencia vacía de los bueyes, quiero decir, porque ellos nunca lo saben, ni se preguntan por qué; tan sólo obedecen para evitar el látigo…
Quiero contarte que estas sombras que he visto yo atarse a los pies de los hombres como una cadena de presidiario, abriendo grietas invisibles entre los hombres, bajando sus cabezas como cae la cerviz del buey bajo el peso inexorable del acero, son los fantasmas que en la noche vuelan libres sobre el país invisible que habitamos todos.
Y que su existencia nocturna está severamente condicionada a que ante los ojos del Sol no pueda el hombre separarse ni un instante de su elástico lazo negro.
Esa sombra que se dibuja ahora,
tiritando bajo las letras,
jugando a sobrevivir en el cono de su eclipse,
atrapada en el humo de un cigarrillo.
***
El día aún no había roto su cascarón vergonzoso de soledad y frío, y las avenidas comenzaban a notar el peso de los automóviles trotando a lomos de sus arterias de asfalto, envenenados por el sueño y la rutina. Manuel contemplaba otro amanecer desde el autobús que le acercaba a la fábrica de maderas. Arcos del Jalón, Avenida de Guadalajara y García Noblejas era el recorrido de la línea cuatro, hasta que aparecía como un vergel de náufragos el rótulo «carpintería de interior; muebles a medida».
Abría la chirriante puerta del taller antes de que saliera el sol. Así desde hace diecisiete años, cuando le pusieron su primer mote, «Pinocho». No sólo por ser el benjamín, sino porque por momentos se volvía de madera. Su tez barnizada y sus amplias cejas oscuras coloreaban su nariz aguileña y su marcado mentón. Y es que podía permanecer minutos ensimismado, de piedra o, exactamente, de madera. Una madera obsoleta como el bronce de las estatuas. Así estaba, de pie en el pasillo del bus, con los ojos difuminados en las orillas de la avenida.
En la fábrica pasaba las horas mimando y restaurando trozos de madera, narcotizado por el fuerte olor a pino. Cada tablón, un alma distinta escupiendo virutas de melancolía.
Hay veces, como anoche, en que las horas de trabajo se alargan y el tiempo esculpe figuras más allá de los minutos. Entonces Manuel se queda hasta bien entrada la noche, vigilado por los mil ojos de Argos.
Esto sí que no te lo vas a creer, pero te diré que en esas noches he tenido delante a uno de ellos. Los primeros días no le daba importancia, ya sabes que la madera cruje de angustia cuando siente que el silencio se ha tragado todos los ruidos. Lanza su grito desesperado al aire, y ése aullido también se aleja, como las horas que se van, al compás, entre mis dedos como un puñado de agua. Yo al principio no me paraba a pensar. Hasta que un día le vi, corriendo detrás de los tablones, gordito y torpe con su sucio saco negro, guiñándome los ojos con su sonrisa macabra. Si le vieras las pupilas, tan terroríficas e insensibles que no miran. Alguna vez tropezaba con las tablas cuando me veía, asustado, y el saco se le abría y yo veía esparcirse ilusiones por el suelo, desvaneciéndose en el aire en un instante. El fantasma del miedo.
***
Cada día, cuando el reloj daba las dos y cuarto, casi toda la plantilla de la fábrica se acercaba al «Rincón de Valerio», el bar donde un andaluz corpulento, con aspecto de bandolero y con las arrugas de la tierra marcadas en su rostro, animaba los aguardientes y el vino. En las paredes del café, montones de fotos y banderines del fútbol local, emblemas taurinos, estampas de la virgen, incluso pegatinas de los sindicatos adornaban el refugio.
La atmósfera del café era tan agradable que resultaba idónea para los obreros del polígono. Allí descansaban hasta los fantasmas, como el temible fantasma del desempleo, que en aquellos instantes aprovechaba para calentarse las manos a la lumbre del calor humano.
Pero no era ése el camino que seguía Manuel. Él continuaba la calle y atravesaba con su pausado caminar un jardín salvaje. A esa hora correteaban unos niños, ante la tierna mirada de un mendigo, ya entrado en edad, recostado sobre una enorme valla sobre la que se anunciaban, luminosas y radiantes, unas empresas inmobiliarias. Entre varias casitas deshabitadas, aparecía un pequeño almacén de curtidos, el diminuto barracón donde trabajaba Ángel, su amistad más antigua.
Aquel habitáculo era, sin duda, una máquina del tiempo, cosa que atraía aún más el interés bohemio de Manuel. Varias troqueladoras esparcidas por la mesa, una costurera «singer» y todo tipo de suelas, tacones y plantillas colocadas en los estantes de pino que le puso él mismo un verano. Los únicos clientes que le visitaban con regularidad eran un pequeño grupo de zapateros de la ciudad, en busca de materiales, o quién sabe si de algún jirón de piel utilizable. También contaba con las visitas del puñado de señoras que mantenían vivo el barrio, con el extraño apego al arte viejo de arreglar los zapatos en vez de usar y tirar.
Ángel y Manuel gozaban de aquel espacio olvidado del progreso para mantener profundas conversaciones, en el refugio donde (y de esto Ángel era cada vez más consciente) jamás osó presentarse el fantasma de la soledad. Ambos guardaban en sus memorias un saco lleno de secretos valiosos, traídos del trabajo humilde, del sacrificio humano. Sus vidas eran el fiel reflejo de la derrota del artesano. En la ciudad ya no quedaba sitio para ellos, así que huían a cobijarse en la madriguera de Ángel. Éste, un anacoreta de fin de siglo, cumplía diariamente la penitencia de su oficio. «¡Y quién se va a quedar con esto, Manuel!» repetía sin cesar el hijo de Sísifo. El carpintero le consolaba, como un compañero de condena, hablándole de los ojos del tren de la modernidad, que no pueden ver hacia los lados ni detrás, y pasan veloces sobre las hojas secas.
Mientras los dos mantenían acaloradas charlas, fuera el invierno había hecho acto de presencia. Violento y sin avisar, como siempre. Podía caer una noche fría y llorona, pataleando como un bebé rabioso, y a la noche siguiente oscurecer con el bebé dormido en el regazo del tiempo.
Ayer hizo un frío insoportable todo el día, tanto que Manuel llegó al almacén de Ángel rígido y sin voz, con la nariz quemada y el rostro inmóvil. Cuando la tarde cayó con la intención de templarse, una helada brutal obligó a emigrar a las últimas aves y cercenó los brotes del jardín salvaje.
«El mundo se hace viejo», pensaba Manuel contemplando entre sombras las canas de los árboles desde el autobús. Mientras tanto, entre el taller de chapa y pintura y la cristalería «Aykal» se agolpaban los trabajadores del polígono en torno a una imagen: encontraron el cuerpo congelado del viejo mendigo que merodeaba por el barrio. Semienterrado entre la escarcha, sentado sobre el cartón como esperando el último golpe. Su corazón helado en el corazón del polígono le impidió continuar su peregrinaje. Ni siquiera podía sentir el vals que los silbidos del viento le susurraban al oído.
Enfrente de él, el madrugador Ángel llevaba minutos reflejado en su rostro, con un nudo en la garganta.
Ansiaba gritar, y que su estruendo retumbara en cada rincón. Recordó aquello de que uno, cuando está en el lecho de muerte, corre a pedir perdón a sus allegados. Se acercó entonces al solitario indigente a decirle: «lo siento, buen hombre, te hemos fallado como seres humanos».
Tras él, un rayo atravesó el pecho de todos cuando un brazo anónimo entre la masa puso a sus pies las últimas flores silvestres del jardín.
Fue entonces cuando Ángel se acordó de su amigo el carpintero. Manuel le habló, hace tiempo, de un enigma de ebanistas: la sección áurea, el número secreto que guarda la proporción entre los segmentos.
La medida, también, de una tumba honorable.
Lo peor de todo es que sobre la sombra del muerto reposan en silencio los secretos bien guardados. Ángel dio un suspiro, y antes de dar media vuelta para encaminarse a su almacén, echó una mirada al cielo, dejando atrás su inmovilismo. Y pudo ver cómo en la mañana rompía una inquietante nube rojiza, y los ejércitos de polvo y polución se acercaban temerosos, como el avance del verdugo.
(Nota: para construir este cuento tomé como motivos poéticos varios versos de distintos poemas de Manuel Rivas, en especial el maravilloso A sección áurea, y también Arzúa, nevada do 87. Ambos recogidos en la compilación “O pobo da noite”.)






